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Revueltas del hambre

Las revueltas del hambre constituyen una forma de protesta popular contra la carestía o el alto costo de alimentos básicos que, por lo general, se caracterizan por el uso de la violencia y la falta de un marco organizacional. Recurrentes en la historia de las diferentes sociedades humanas, son cada vez más raras en el siglo XX, antes de conocer un aparente aumento durante la década del 2000, en el contexto de lo que se ha llamado la crisis alimentaria mundial.



Resulta importante evitar dos enfoques para tratar de comprender el significado: el reduccionismo económico por una parte, que tiende a describir las revueltas del hambre como una reacción mecánica contra el aumento del precio de los alimentos; y el esencialismo ahistórico, por otra parte, que vincula los disturbios a un problema global de subsistencia, extrapolable cualquiera que sea el momento y el lugar en cuestión. Lejos de estas perspectivas generalizadoras, las revueltas del hambre ocurren en situaciones locales concretas y comprometen, además de la dificultad de las poblaciones para acceder a los productos de primera necesidad, un lenguaje de la acción colectiva estructurado por precedentes y una memoria común, así como una proyección po-pular de lo que es legítimo o ilegítimo.

En el siglo XVIII, los países europeos se enfrentaron a muchas revueltas del hambre en un contexto caracterizado por la regularidad de las catástrofes climáticas y de las malas cosechas, pero también por el surgimiento de una nueva economía política liberalizadora del comercio de granos. Más que el término “revueltas”, se utilizan con frecuencia los términos “rebelión” o “insurrección” por los contemporáneos. Si resulta de interés volver sobre esta secuencia es porque dio lugar, desde los años setenta, a numerosas lecturas e innovaciones conceptuales, recogidas y examinadas hasta hoy.

Como explica más concretamente el historiador Edward P. Thomson, para el caso de las ciudades inglesas en la segunda mitad del siglo XVIII, estas revueltas no pueden ser leídas como meras respuestas emocionales a los estímulos económicos: el concepto mismo de “revueltas” requiere, en este sentido, una utilización prudente, por cuanto puede transmitir una visión convulsiva de las clases populares y de sus movilizaciones. Sin embargo, estas últimas perciben un sentimiento colectivo de legitimidad, el cual se basa en una visión coherente de las normas sociales y de las obligaciones impuestas a los agentes económicos o a los gobiernos. Es lo que Edward P. Thompson llama “la economía moral de la multitud”: sin que ésta baste por sí misma para generar las movilizaciones, colabora a promover en ellas una coherencia y a crear a su alrededor unanimidad popular.
Esta economía moral no puede leerse como la simple declinación de un principio atemporal, según el cual cada uno deberá poder satisfacer su subsistencia: se inscribe en las memorias locales de normas y prácticas de gobierno. En el caso de la Inglaterra del siglo XVIII, es el modelo paternalista establecido por los Tudor que sirve de referencia colectiva a los “revoltosos”. Éstos, por sus experiencias y sus prácticas, reproducen, a veces con gran precisión, medidas anti-acaparamiento impuestas durante los siglos anteriores y desde entonces abrogadas. Por último, lo que impugnan los manifestantes, no sólo es el aumento del precio de productos alimentarios básicos en los mercados, sino también el advenimiento de una economía política libre de cualquier imperativo moral.



Tal lectura invita a examinar las revueltas del hambre más allá de la simple dimensión material y de sus factores socioeconómicos determinantes: se trata también de reflexionar sobre los valores colectivos y las aspiraciones políticas de los manifestantes, cuyos móviles no pueden ser a priori reducidos únicamente a la búsqueda del sustento.

Durante los siglos XIX y XX, las sociedades industrializadas experimentaron un descenso de las revueltas del hambre, aunque algunas movilizaciones pueden todavía ser calificadas como tales durante la gran depresión de los años 1930, incluso hasta el comienzo de los años 1940 en Francia. Este descenso se debe en parte a la mejoría en los niveles de vida en general, y de las condiciones de alimentación en particulares. Pero también se explica más fundamentalmente, tal como lo hace el historiador Charles Tilly, por la transformación de los mecanismos de la acción colectiva mediante la aparición de organizaciones políticas, sindicales y asociativas que se convirtieron en el principal marco visible de lucha y de reivindicación de las clases populares frente a las clases dominantes y a los órganos representativos del Estado: a los mecanismos comunitarios y localizados, más fuertes hasta inicios del siglo XIX, siguieron mecanismos más enfocados en las organizaciones, en la escala nacional y en las reformas -o revoluciones- institucionales.

Tales cambios podrían haber conducido a que las revueltas fueran vistas como una forma “protopolítica” de la protesta, la cual únicamente encontraría su modernidad en una expresión organizacional. Sin embargo, parece más fecundo vincular sus manifestaciones a un déficit de representaciones y de oportunidades institucionales para aquellos y aquellas que son los actores, sin pronunciarse sobre un grado, cualquiera que sea, de madurez política.

Por otra parte, este descenso de las revueltas del hambre en la época contemporánea no puede ser generalizado a todo el mundo: son sus formas más espectaculares, que ocurren con mayor frecuencia en las ciudades, las que tienden a borrarse. Pero pueden continuar siendo una práctica usual, en la escala micro local, especialmente en las sociedades rurales del Sur, que son, a la vez, más vulnerables a las fluctuaciones de la producción o de los precios de los alimentos básicos y menos representadas, por lo general, por las organizaciones políticas, sindicales o asociativas. Una vez más, parece importante leer estas movilizaciones no como reacciones impulsivas frente a algo que falta, sino como motivadas por una visión común de lo que es justo. Siguiendo la lectura que hace el politólogo James C. Scott, a partir de los casos de las sociedades rurales de Asia Sudoriental durante la primera mitad del siglo XX, las revueltas, así como la amenaza que conllevan, logran traducir las expectativas normativas del campesinado en relación con las autoridades locales, que él llama una “ética de la subsistencia”: es legítimo el dirigente que garantiza la subsistencia de sus administrados, en particular en los contextos de crisis. Según un acuerdo tácito, el respeto de la paz social por los campesinos supone que las autoridades cumplan esta obligación mínima.

En el período 2007-2008, varios países se enfrentan a una serie de protestas contra el alto costo de los productos básicos. Estas fueron rápidamente calificadas como “revueltas del hambre” por la prensa internacional, aunque el término “movimiento contra el costo de la vida” sin duda hubiese correspondido mejor a la subjetividad de los actores, como lo explica el antropólogo Alain Bertho. Estas movilizaciones tienen en común que se producen en las ciudades, esencialmente del Sur -aun cuando las violentas manifestaciones que estallaron en varios territorios de la ultramar francesa, en febrero y marzo de 2009, podrían englobarse en la misma dinámica-, en un contexto de aumento brusco de los precios de los alimentos.

Tres grades causas son generalmente utilizadas para explicar este au-mento de los precios y las revueltas que les siguieron. La primera es la disminución de las reservas de cereales disponibles, consecuencia de accidentes climáticos, del bloqueo de tierras impuesto en ciertos países productores de cereales, pero también, más fundamentalmente, del desvío de una parte de la producción mundial de cereales para la producción de agrocombustibles. La segunda se relaciona con el cambio en los hábitos alimentarios de los países asiáticos fuertemente poblados, en especial por la creciente demanda de carne, cuya producción requiere espacio agrícola adicional. La tercera es la especulación financiera, al jugar los cereales el papel de “valor refugio” después de la crisis de los préstamos hipotecarios en el mercado inmobiliario. Sin embargo, estas causas, si bien explican el aumento global de los precios de los alimentos, no dicen nada sobre las revueltas, las que se produjeron en algunas ciudades más que en otras, cuando estas últimas fueron igualmente afectadas por la crisis alimentaria mundial.




Por tanto, parece importante deshacerse de una visión global y economicista de las revueltas de 2007-2008, pues cada una de ellas respondió ante todo a problemáticas locales. Si el incremento de los precios constituye el denominador común y basta para explicar su relativa simultaneidad, éste exacerbó también otras formas de descontento, a veces muy lejanas de la cuestión alimentaria. Las revueltas de febrero de 2008 en Duala, Camerún, explotaron en un contexto de alta tensión política, el Presidente Paul Biya había emprendido la reforma de la Constitución con el propósito de poder ser reelecto para un nuevo mandato. Las revueltas en marzo 2008 en Fria, Guinea-Conakri, tomaron como blanco principal una fábrica de producción de bauxita, de la cual el país es el principal exportador mundial. En uno y otro de estos casos, el contexto económico y la crisis alimentaria mundial no son suficientes para explicar ni las motivaciones de los manifestantes, ni sus prácticas contestatarias en el espacio urbano: sus aspiraciones materiales comunes aparecen vinculadas a consideraciones políticas locales, sin que sea posible, partiendo del punto de vista de los actores, disociar las unas de las otras. Al igual que estos dos ejemplos, cada revuelta del hambre, o movilización clasificada como tal, debe ser resituada en su entorno local de percepción.




Bibliografía sugerida:  BERTHO, A. (2009), Le Temps des émeutes, Paris, éd. Bayard;  SCOTT, J. C. (1976), The Moral Economy of the Peasant. Rebellion and Subsistence in Southeast Asia, Yale University Press;  THOMPSON, E. P. (1991), The Moral Economy Reviewed, in Customs in Common, New York: New Press, p. 259;  TILLY, Ch. (1984), Les origines du répertoire de l’action collective contemporaine en France et en Grande-Bretagne, XXème siècle, n° 4, p. 89.

VINCENT BONNECASE

Véase también:Crisis alimentariaEconomía de subsistenciaEspeculaciónSeguridad alimentaria.