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Bosque

“Los bosques preceden al hombre, los desiertos les siguen” según Cha-teaubriand. La frase que sonaba maravillosamente en un universo romántico, toma al principio del siglo XXI un giro inquietante. El bosque primario, rico por su biodiversidad, pulmón verde de la tierra, se sobreexplota. Los incendios destruyen centenares de hectáreas durante los períodos estivales. Los bosques tropicales se someten sin cesar a extracciones cada vez mayores. El bosque africano soporta un conjunto de presiones de todo tipo. Las plantaciones reguladas con fines industriales reemplazan macizos antiguos, sin importar las consecuencias del agotamiento del suelo y del consumo del agua. Las poblaciones aborígenes son obligadas a abandonar su territorio. El panorama global es desolador.



El interés por los bosques reenvía a ligámenes antiguos, indefectibles del hombre. Se presenta de giro en giro como nutricio, un refugio en caso de guerra o de mucho peligro, una tierra de conquistas. Se percibe también peligroso, albergando especies animales y vegetales hostiles al hombre. De este conjunto fundido de temores y virtudes, nace un imaginario forestal que habita en todo hombre. Pero, ante todo, él es necesario para la supervivencia de la especie humana, órgano de regulación climática de la tierra, proveedor de muchos productos indispensables y espacio necesario para el equilibrio económico y social.

El crecimiento global de la población pesa sobre el futuro del bosque, con una presión diferente según los lugares. Si la superficie forestal en Europa está en aumentando, sobre todo en Francia, a pesar de la expansión urbana de difícil control, en otras partes del mundo, como en África y América del Sur, ven sus espacios boscosos reducidos o fuertemente alterados. Estas comprobaciones, a menudo repetidas, son de tal naturaleza que provocan reacciones no exentas de reflejos, en las que se mezclan proyecciones parciales y emociones basadas en el miedo a los desequilibrios ecológicos. Frente a estos rápidos cambios, el bosque debe ser observado bajo una óptica científica, atenta a un abordaje riguroso de las necesidades de producción y de uso. En este contexto, el vínculo con la agricultura y la alimentación se impone naturalmente.

Referirse al bosque da paso a una cantidad de interrogantes. En primer lugar, la evaluación de la superficie forestal mundial es un desafío. Ante la imposibilidad de una mayor precisión, existe consenso sobre un promedio de 4 mil millones de kilómetros cuadrados. En segundo lugar, es difícil someter el bosque al artificio de clasificaciones claras. Los biogeógrafos acostumbran dividirlo en cuatro áreas: boreal, templado, mediterráneo y tropical. Su enfoque, clásico y un poco estático, es complementado en la actualidad con otras formas de clasificación. Los naturalistas, paisajistas, ecologistas y adeptos del análisis patrimonial afinan sus presentaciones. Estas se complementan por un juego de interferencias o de impregnación en una estratificación que, además de la finesa de análisis, permite un conocimiento en constante mejoría de la cobertura forestal repartida sobre el conjunto de la tierra. Sin ninguna duda, el hombre nunca había estado en capacidad de presentar las diversas facetas del bosque, de la forma que puede hacerlo ahora gracias a los instrumentos con que dispone.

Tres elementos de la definición sirven para aclarar la relación entre el bosque y los alimentos. En primer lugar, el concepto de bosque puede ser entendido como un área plantada de madera, que posee una alta densidad de cobertura y una vasta extensión. En la práctica, el bosque se distingue de los pequeños grupos de árboles y de otras plantaciones aisladas que, aunque cubren pequeñas superficies, no carecen de interés en la vida cotidiana (suministro de madera, lugar de refugio, espacio de descanso para las zonas urbanas…), pero no se dedican a la producción, salvo de manera muy local. En segundo lugar, la distinción entre el bosque primario y el que ha sido moldeado pone el acento sobre la acción humana. Europa mantiene un bosque primario residual, mientras que este se concentra en África Central (República Democrática del Congo), en América del Sur (Brasil) y en Asia (Indonesia). Estos vastos espacios son el crisol de una biodiversidad sobresaliente, que contiene especies y elementos únicos de la fauna. En cuanto al bosque secundario, este ha sido transformado por el hombre. Si este responde a veces a necesidades de protección, por ejemplo de fijación de los suelos, como en las dunas en las zonas costeras, está orientado principalmente a la producción, en el marco de los planes de desarrollo. Diseñados para períodos de treinta años, estos dispositivos rectores persiguen los objetivos de enmarcar la naturaleza para favorecer la aparición de ciertas especies y el crecimiento de modelos o de formas de árboles para usos precisos. El ejemplo clásico de los bosques de robles deseados por Colbert (Siglo XVII) se inscribe en esta ortopedia forestal. En tercer lugar, una distinción entre las poblaciones autóctonas, conformadas de especies locales que se reproducen en un entorno primario o plantado, y las poblaciones nacidas de la agrosilvicultura, implantadas para responder a una cultura industrial, como la hevea (caucho) o el álamo. Estos productos clonados obedecen a un monocultivo vulnerable a las enfermedades, frágil frente a las intemperies y poco favorable a la conservación de la biodiversidad de la flora y la fauna.

Si el intento por definir el bosque requiere un enfoque multifacético, retratar sus funciones demanda el mismo ejercicio. Se espera mucho de la conservación y de la buena salud de los bosques: influencia sobre el clima, preservación de la biodiversidad botánica y ecológica, conservación de zonas sensibles, protección de valles en zonas montañosas o de los cordones de dunas costeras… El bosque responde igualmente a funciones sociales esenciales. En regiones altamente urbanizadas, constituye el espacio de liberación de los habitantes urbanos, cuyas necesidades de recursos son grandes. En otros lugares, permite a los habitantes el ejercicio en común de colectas re-glamentadas bajo la forma de “affouages” (derechos reconocidos a un individuo o a una comunidad de habitantes que les autoriza a abastecerse de leña en un bosque perteneciente al Estado, a una colectividad pública o a un particular). También es la sede de áreas de pastoreo (pastizales) administradas por alguna autoridad local.



Los cazadores, otra categoría de usuarios, también son capaces de extraer cantidades necesarias para que ciertos animales no se reproduzcan en exceso, con el fin de no poner en peligro la “posibilidad” de la zona boscosa determinada (uso o extracción de madera practicado en un bosque sin atentar contra su regeneración; todo exceso en este sentido conduce a la degradación y, después, a la inevitable desaparición de la superficie forestal en cuestión). En cuanto a la economía, la producción de maderas, raras o comunes, constituye una demanda permanente y ello ha sido así en todas las épocas. Los usos de la madera son numerosos. La sociedad contemporánea no escapa a esta regla, aunque existen nuevos materiales compuestos y fuentes diversificadas de energía. Este aspecto económico pesa de manera importante sobre las otras funciones del bosque, las que se ven sometidas a su ley, al punto de provocar destrucciones altamente perjudiciales para el capital maderero, cuya regeneración siempre es larga.

La plantación forestal debe explotarse con prudencia a pesar de la presión del mercado. Su gestión racional es similar a una forma de seguro de vida de la Humanidad. El análisis de la demanda del mercado revela una búsqueda creciente en beneficio de los países industrializados y, más recientemente, de los países emergentes. Las cantidades disputan con la variedad. A la demanda de madera usual de obra, como el roble, y de aquella destinada a la industria, como el pino utilizado en la fabricación de la pasta de papel, se le agrega actualmente la demanda irreflexiva de maderas exóticas utilizadas, sobre todo, en la fabricación de muebles y artículos de decoración del hogar. Esta nueva demanda conduce a la sobreexplotación de los bosques tropicales, acentúa los desequilibrios en la producción e, inevitablemente, conduce a un tráfico difícil de controlar.

En cuanto a las explotaciones dedicadas a una especie particular, son tomadas en cuenta para el cálculo de la estadística forestal mundial en razón de su alcance y cobertura. Sin embargo, estas se parecen más al cultivo de una planta arbustiva que a una población forestal. Los espacios plantados con eucalipto, hevea y palma de laurel corresponden a expectativas industriales específicas y a fuertes demandas globales. Privatizadas, escapan a numerosos controles y limitaciones. Los grupos industriales y bancarios que las poseen tienen gran peso en la economía mundial. Los países que las acogen se encuentran a menudo, dada su situación económica y política, en incapacidad de ejercer prerrogativas soberanas. Esto puede apreciarse en la multiplicación de los bosques de heveas o de palma de laurel en África. Los impactos sobre el suelo y las aguas subterráneas han dado lugar a un conjunto de informes e intervenciones ante las instancias internacionales, sin que las recomendaciones hayan tenido realmente efectos.

En los confines de la vida económica y social, en todas las épocas, se aprecia la relación entre agricultura y silvicultura – ager (tierra cultivada) y saltus (tierra silvestre), retomando la terminología habitual de los historiadores. En Inglaterra y en Francia, la distinción se hizo desde el siglo XV, para limitar las incursiones de los campesinos en los bosques que ya no iban a ser dependientes del campo. Este compromiso dio lugar a una variedad de aplicaciones según las provincias y, algunas veces, a reacciones violentas, sobre todo en región de montaña. La lectura de costumbres redactadas en el siglo XVI da una visión bastante clara de la composición de las relaciones de poder entre propietarios de terrenos boscosos y usuarios, que revelan las prácticas de uso provinciales autorizadas y, dependiendo del caso, las más amplias exclusiones posibles. Dentro de este marco jurídico de rigor pudieron ser mantenidos hasta 1789 los derechos de pastoreo, de “affouage” o de “marronnage” (uso que consistían en la entrega de madera de obra resistente para la construcción o reparación de edificios). Durante el siglo XIX, en el contexto del ejercicio exclusivo de la propiedad surgido del Código Civil en Francia, fuertes presiones fueron ejercidas con miras a su extinción. Las resistencias lograrán el mantenimiento de prácticas comunitarias de uso.

Tal problemática, regulada hoy en día en Europa, encuentra una traducción en África o en América del Sur, en la que se le obliga al campesino a abandonar el bosque y la agricultura tradicional para dar espacio ya sea a una empresa agrícola mecanizada, típica de la agricultura industrial, ya sea a una plantación forestal donde se producen especies destinadas a la exportación, bajo la forma de monocultivos antes mencionados.

Las amenazas que pesan sobre los bosques son muchas. El medio forestal es sensible y particularmente vulnerable. Los cortes mal realizados tienen consecuencias a largo plazo, imposibilitando la regeneración de especies nativas. El paso excesivamente frecuente de las personas, de animales o de equipos mecanizados compactan los suelos y dificultan el crecimiento de nuevos individuos. En cuanto a los usos repetidos que exceden la “posibilidad” del bosque, lo agotan al punto de hacerlo desaparecer. Estos fenómenos clásicos que los operadores tratan de controlar, se agregan a los fenómenos naturales (alteraciones climáticas, contaminación o fuego). Además, en todos los tiempos las guerras fueron devastadoras. El conjunto de esas amenazas constantes aumenta y, a veces, estas se conjugan a causa de la actividad humana mal controlada. Un ejemplo entre muchos, es el de los efectos de la lluvia ácida sobre cientos de hectáreas en los Vosgos (en Francia) y en Canadá durante las décadas de 1970 y 1980.

La deforestación es hoy en día una de las amenazas más graves y la menos fácil de controlar. Los datos de la tala, en la escala global, no brillan por su precisión. Se ha informado sobre una variación entre 10 y 16 millones de hectáreas taladas y excluidas de los planes de regeneración. Entre los elementos establecidos, después de una aceleración del abandono de los bosques en la década de 1990, una demanda sostenida pero en menor grado se observar entre 2000 y 2010 según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Esta se centra sobre todo en el bosque tropical. Las razones de la disminución de la superficie forestal se yuxtaponen y, a veces, se acumulan: sobrepastoreo, urbanización, producción minera, secado de tabaco, sobreconsumo. Los efectos de la globalización de los mercados conducen a impactos directos e indirectos, a veces inesperados. Así, la demanda en aumento de consumo de carne a buen precio, requerida por los restaurantes de comida rápida (fast-food) para preparar hamburguesas, ha incitado a los ganaderos de Centroamérica a abrir nuevas áreas de pastoreo en detrimento del bosque. El consumo de soja, esencial para la alimentación del ganado europeo, justificó el cultivo de miles de hectáreas tomadas de la zona boscosa, en particular en Brasil, que contribuyó a dotar a este país de una de las agriculturas más productivas del mundo. Con esta visión económica con efectos globales, no hay que olvidar que la deforestación tiene también como causa la pobreza: los campesinos expulsados de sus tierras van a talar, un poco más lejos, nuevas tierras para sobrevivir.




La búsqueda de tierras arables crece en relación con el aumento general de la población, la demanda de maderas preciosas, incluida la madera tropical, no cesa de progresar. Prueba de ello es la explotación errática de los bosques primarios, que desconoce el tratamiento sostenible al cual estos deberían razonablemente estar sometidos. La sobreexplotación es acompañada del tráfico ilegal y de talas no autorizadas. Se trata de una criminalidad a gran escala, organizada, que evita e incluso absorbe a los dispositivos de certificación, utiliza el bosque para obtener dinero fácil que destina después a la compra de armas y, como lo muestran las encuestas más recientes de la Interpol, participa de los mercados de madera para llevar a cabo el lavado de dinero. Estos mercados están gangrenosos como en África ecuatorial o en Indonesia, y estos son solo algunos casos normalmente notorios, en un ámbito donde los ejemplos de diferente alcance son muchísimos.

El plazo de desaparición del bosque primario ha podido ser programado en esquemas prospectivos que han alertado a la opinión pública, inquietado a las instituciones internacionales y a grupos asociativos. De ello se desprende la creación de un conjunto de observatorios a la imagen del Tropical Ecosystem Environement by Satellites (TREES), que vigila la evolución de las copas que cubren una banda planetaria que abarca grandes áreas de América del Sur y de África; y desde 1993, el Instituto Forestal Europeo (EFI), que agrupa a 132 miembros en 36 países. La FAO acaba de implementar un programa de seguimiento por satélite de 10 países de África, que forman parte de la cuenca del Congo. Se espera que las imágenes producidas sean más precisas, para medir la evolución en la cobertura forestal de esta región especialmente sensible y codiciada. La Organización considera intervenir como experto, pero también como socio de los países cubiertos por el dispositivo.

Más allá de las comprobaciones realizadas, planes y programas de acción han sido iniciados por los organismos internacionales. Se pretende regular el consumo de madera enfatizando en los circuitos comerciales, sin descuidar las dificultades de las poblaciones de los países productores, pues sin su contribución nada es posible. Con esta lógica se diseñó en 2008 el Programa de Naciones Unidas para la Reducción de las Emisiones por Deforestación y Degradación del Bosque en los Países en Desarrollo (ONU-REDD). Este proporciona marcos jurídicos nacionales e internacionales y herramientas en forma de convenios; promueve dispositivos de certificación para reducir la tala ilegal. Su objetivo, más amplio, se inscribe en una preocupación climática de reducir los gases de efecto invernadero. Además, planes de acción son regularmente lanzados, como el Programa de apoyo para la aplicación de normas forestales, la gobernanza y el intercambio comercial para los países de África, Caribe y Pacífico (ACP-FLECT). En una primera etapa, este plan tuvo el objeto de promover la aplicación de la zonificación forestal en la cuenca del Congo, con la participación de los actores locales (2010).

Frente a tales evoluciones, la función de la regla jurídica parece estar siendo mal conducida. No faltan modelos de regulación en la historia. El sistema francés favorece la intervención del Estado, deseoso de controlar las zonas boscosas, públicas y privadas, y de orientar la producción. Las ordenanzas de 1669 o de 1827 y la Ley de Orientación Forestal de 9 de julio de 2001 responden a este objetivo. Otros países, como el Reino Unido, adoptan posiciones más liberales, dejando al cuidado de los propietarios la protección de su patrimonio. La regulación por vía de la ley se topa con las limitaciones impuestas por los regímenes de propiedad, que distribuyen los derechos reales entre una propiedad eminente del Estado y una propiedad útil del ocupante, sin perjuicio de una gestión colectiva que reposa sobre usos consuetudinarios. En esta nebulosa agravada por los conflictos armados, es delicado establecer un régimen inmobiliario renovado, respetuoso de las poblaciones y transparente para un observador internacional. El bosque padece esta situación, en la medida en que los conceptos supranacionales de “bienes comunes de la Humanidad” o de “patrimonio común de la Humanidad” pertenecen más a una reflexión colectiva que busca la toma de conciencia, que al enunciado de una norma acompañada de acciones legales; corresponde a cada país adoptar su reglamentación y garantizar la buena adopción y la eficacia de las directrices internacionales de todo tipo.

Sin embargo, acciones más precisas se llevarán a cabo en estrecho ligamen con los circuitos comerciales de los materiales de la madera, cuyos procesos de certificación constituyen la columna vertebral. Estos dispositivos tratan de seguir la cadena de la madera desde la fuente hasta el consumidor, pasando por las fases de transformación y transporte. Buscan establecer una gestión sostenible de la producción, respetuosa del ambiente, de las normas y recomendaciones elaboradas en el nivel internacional. Existe una decena de etiquetas de certificación, pero no todas tienen el mismo reconocimiento y dos de ellas son las más conocidos por los profesionales. Así, en la prolongación de la Conferencia de Río (1992), cuyos compromisos son poco vinculan-tes, las organizaciones no gubernamentales (ONG) se han dado a la tarea de crear sistemas internacionales de certificación. El Forest Stewardship Council (FSC) es creado en 1993, y el Program for the Endorsement of forest certification schemes (PEFC), implementado en 1999, está presente en 35 países. Estas dos iniciativas globales, al otorgar etiquetas ecológicas, logran relacionar la producción con el consumo. En particular, velan por el respeto de un conjunto de factores sociales, económicos y ambientales. Ambas etiquetas son reconocidas por las Naciones Unidas, por agencias nacionales del medio ambiente y por una serie de ONG. Por el contrario, se señala regularmente la cuestión de la fiabilidad de ciertas certificaciones, cuyo propósito habría sido desviado por quienes participan en el tráfico ilícito.

La imposibilidad de crear un estándar internacional y al mismo tiempo asegurar su respeto, conduce a la aplicación de medidas que tratan de involucrar a las poblaciones autóctonas en el proceso de normalización. Se trata de un paso positivo, un avance tangible, en una temática compleja donde se confrontan, en primer lugar, la modificación de las desregulaciones climáticas y la necesidad de alimentar a las personas y a los animales que viven en la tierra. Este enfoque que parte del hombre, respetuoso de las prácticas autóctonas, es probablemente una manera de mostrarle a los líderes políticos que las lecciones aprendidas en la Conferencia de Río no son letra muerta. Ese silencio ha abierto la vía a muchas facilidades en el curso de los 20 años que siguieron al encuentro. Las turbulencias económicas actuales no permiten prever cambios de actitudes, ni la aparición de un cuerpo de derecho internacional sobre el cual sería posible basar una estandarización de la producción y el intercambio.




Bibliografía sugerida:  BUTTOUD, G. (1983), L’État forestier. Politique et administration des forêts dans l’histoire française contemporaine, Paris, éd. INRA;  BUTTOUD, G. (1989), Les produits forestiers dans l’économie africaine, Paris, PUF;  CENTRE TRICON-TINENTAL (2008), Déforestation, Causes, acteurs et enjeux, Alternatives Sud, Paris, éd. Syllepse;  CORVOL, A. (1987), L’homme aux bois, Histoire des relations de l’homme et de la forêt (XVIIe-XXe siècles), Paris, éd. Fayard;  HARRISON, R. (1992), Forêts, Essai sur l’imaginaire occidental, Paris, éd. Flammarion.

PIERRE LEGAL

Véase también:AgriculturaBiodiversidadBrasilCertificaciónDesarrollo SostenibleNaturaleza.